—¿Va usted a morir pronto? —le preguntó Nikki.

—No creo que pase de pascua. Ahora el dinero no me sirve de nada. Soy una metástasis andante.

Se abrió la camisa arrugada. Algo brillante y metálico, como una cota de malla, cubría su pecho.

—Sistema vital auxiliar —le confió—. Me permite funcionar. Si me lo quitara durante media hora, estaría acabado. ¿Es usted capricorniana?

—¿Cómo lo sabía?

—Puede que vaya a morirme, pero no soy estúpido. Tiene usted el brillo de los de Capricornio en sus ojos. ¿Qué soy yo?

Ella dudó. Sus ojos también brillaban. Un hombre de los que se han hecho a sí mismos, un fantástico sentido para los negocios, energía, arrogancia. Capricornio, desde luego. No…, demasiado fácil.

—Leo —dijo.

—No. Vuélvalo a intentar.

Colocó otro tubo con monograma en su mano y se marchó. Ella no había regresado aún del todo del último, aunque los efectos más espectaculares ya se habían disipado. Los invitados a la fiesta giraban y flotaban a su alrededor. Ya no podía ver a Nicholson. La nieve parecía ir convirtiéndose en granizo, en pequeñas partículas duras que salpicaban los amplios ventanales, dejando unas raspaduras blancas. ¿O es que su percepción era ahora más aguda? El rugido de las conversaciones parecía ascender y decaer, como si alguien estuviera ajustando un control de volumen. Las luces fluctuaban con un ritmo contrastado. Se sintió mareada. Una bandeja de cócteles pasó junto a ella y preguntó:

—¿Dónde está el baño?

Al final del pasillo. Cinco extrañas salían arracimadas de él, hablando en susurros escamosos. Flotó a través de ellas, se agarró al frío borde del lavabo, adelantó la cabeza hacia el espejo oval cóncavo. Una cabeza de muerto, piel apergaminada, ojos de pesadilla. ¡No! ¡No!

Parpadeó, y volvieron a aparecer sus propios gestos. Temblando, hizo un esfuerzo por recobrarse. El armario de medicamentos contenía una tentadora colección de drogas, los remedios de Steiner para todos los males.



7 из 26