
Alguien llamó a la puerta del baño. Ella contestó y se encontró con el rostro redondo, blando y esperanzado de Martin Bliss, flotando cerca del techo. Los ojos se abombaban débilmente; las mejillas aparecían rojizas.
—Me dijeron que usted se sentía mal. ¿Puedo ayudarla en algo?
Tan amable. Tan dulce. Ella le tocó el brazo, rozó su mejilla con los labios. Más allá, en el vestíbulo, estaba un hombre de cuerpo ancho, de pelo rubio cortado al rape, de glaciales ojos azules, con un perfecto y rollizo rostro. Su sonrisa era intensa y brillante.
—Eso es fácil —dijo el hombre—. Capricornio.
—¿Puede adivinar mi… —se detuvo asombrada—…signo? —terminó de preguntar, con voz débil—. ¿Cómo lo hizo? ¡Oh!
—Sí. Soy ése.
Ella se sintió más que desnuda, desprendida de todo hasta los ganglios, hasta la sinapsis.
—¿Cuál es el truco?
—No hay truco. Escucho. Oigo.
—¿Oye usted pensar a la gente?
—Más o menos. ¿Cree usted que se trata de un juego de salón?
Él era hermoso, pero aterrorizador, como la espada de un samurai en movimiento. Ella le quería, pero no se atrevía. Tiene mi número, pensó. No tendré nunca ningún secreto con él. Y él dijo tristemente:
—No me importa eso. Sé que asusto a mucha gente. A algunos no les importa.
—¿Cómo se llama?
—Tom —contestó él—. Encantado de conocerla, Nikki.
—Siento mucha lástima por usted.
—No es eso, en realidad. Puede engañarse a sí misma si necesita hacerlo. Pero no puede engañarme a mí. En cualquier caso, no se acuesta usted con hombres por los que siente lástima.
