
Una docena de personas le rodeaban, captando su mirada brillante. Él atravesó con la mirada una muralla de hombros y puso sus ojos en los de ella; Nikki se sintió atravesada, exaltada, elegida. Un súbito calor se fue extendiendo sobre su cuerpo, como un río de tungsteno fundido, como una corriente de miel caliente. Le devolvió fijamente la mirada. Empezó a caminar hacia él.
Entonces, un cuerpo se interpuso en su camino. Cabeza de muerto, piel de pergamino, ojos de pesadilla. Una mano escamosa rozó sus bíceps desnudos. Una voz terriblemente desgastada preguntó, con un gruñido:
—¿Cuántos años cree usted que tengo?
—¡Oh, Dios!
—¿Cuántos?
—¿Dos mil?
—Tengo cincuenta y ocho. No viviré para ver mi cumpleaños número cincuenta y nueve. Tome, fúmese uno de estos.
Con manos temblorosas, le ofreció un diminuto tubo marfileño. Cerca de uno de los extremos se veía un monograma gótico —FXB— y una cápsula verde translúcida en el otro. Ella apretó la cápsula y surgió una flameante llama azul. Inhaló el humo.
—¿Qué es? —preguntó.
—Mi propia mezcla. Soma número cinco. ¿Le gusta?
—Estoy sucia —dijo—. Absolutamente sucia. ¡Oh, Dios!
Las paredes se movían. La nieve se había convertido en trozos de estaño. Un golpe instantáneo. El cuerpo tenía un halo dorado. Los signos del dólar se elevaban a la vista, como estigmas, sobre su frente surcada de arrugas. Nikki escuchó el estruendo de las olas, el rugido de la espuma. El puente oscilaba. Los mástiles se agrietaban. Mujer a bordo, gritó, y escuchó su voz inaudible, desapareciendo hacia abajo por un túnel de ecos, boing, boing, boing. Se agarró a los frágiles puños de él.
—¡Bastardo! ¿Qué me ha hecho?
—Soy Francis Xavier Byrne.
¡Oh! El millonario. Las Industrias Byrne, el gran conglomerado de empresas. Steiner le había prometido un multimillonario para esta noche.
