
—¿Es eso una fanfarronada o una disculpa?
—Soy bastante simple. Trabajo para Steiner. Pensó que seria divertido invitarme a una de sus fiestas.
—¿Qué hace usted?
—Facturas y embarques. ¿No le parece un lugar divertido?
—¿Cuál es su signo? —le preguntó Nikki.
—Libra.
—Yo soy Capricornio. Esta noche es mi cumpleaños, asi como el de él. Si es usted realmente un libriano, está perdiendo su tiempo conmigo. ¿Se llama de algún modo?
—Martin Bliss.
—Nikki.
—No existe ninguna señora Bliss… ¡Ja, ja!
Nikki se lamió los labios.
—Tengo hambre, ¿quiere traerme unos canapés?
En cuanto él se marchó para buscar lo pedido, ella se alejó de allí. Dio una vuelta por la larga sala, pasó junto al quinteto de cuerdas, junto al puesto del barman, junto a la ventana… hasta que pudo ver bien al hombre llamado Nicholson. No le desagradó. Era delgado, flexible, no muy alto, de hombros fuertes. Un hombre con presencia y autoridad. Quería poner los labios sobre él y sorber inmortalidad. Su cabeza era como un triángulo, con unos brutales huesos en las mejillas, labios delgados, oscura mata de pelo rizado, sin barba, sin bigote. Sus ojos eran penetrantes, eléctricos, intolerablemente sabios. Tiene que haberla visto dos veces, por lo menos.
Nikki había leído su libro. Todos lo habían leído. Él había sido un rey, un lama, un traficante de esclavos, un esclavo. Siempre llevando gran cuidado de ocultar su increíble longevidad, y ahora ofreciendo libremente su terrible secreto a los miembros del Club del Libro del Mes. ¿Por qué había preferido salir a la luz y revelarse? Porque éste es el momento necesario de la revelación, había dicho. El momento a partir del cual tiene que ser lo que es, de modo que pueda impartir su don a otros, antes de perderlo. Antes de perderlo. En el momento del nacimiento del nuevo siglo, debe compartir su premio de vida.
