—Entonces —dijo—, el imperio fue dividido entre…

—Hoy es mi cumpleaños —anunció ella.

—¿También el suyo? Felicidades. ¿Es usted tan vieja como…?

—Ni con mucho. Ni siquiera la mitad. No llegaré a los quinientos años hasta dentro de algún tiempo —contestó, volviéndose para recoger su copa.

El joven suave no esperó a ser capturado. La fiesta se lo tragó como si se tratara de una avalancha. Sesenta, ochenta invitados, todos en movimiento. Se retiraron las cortinas, poniendo de manifiesto toda la furia de la tormenta. Nadie la contemplaba. El apartamento de Steiner era como una escena de película: grandes sillas de jardín, en porcelana Ming o incluso Sung; paredes pintadas con hojas planas de bronce y escarlata; artefactos precolombinos en nichos iluminados; esculturas como telarañas de aluminio; grabados de Durero… El botín del tiempo. Sirvientes de cabeza rapada, mayas o khmers o quizás olmecas, circulaban impasiblemente, ofreciendo bandejas de golosinas: caviar, galopines de mar, trocitos de carne asada, pequeñas salchichas, burritos en una salsa de chile. Las manos iban incansablemente de las bandejas a los labios. Esta era una fiesta de comilones vitales, de personas dispuestas a tragarse el mundo. El duque Alexius, acariciando su brazo, le dijo con suavidad:

—Me marcharé a medianoche. Sería delicioso que se viniera usted conmigo.

—Tengo otros planes —le dijo.

—Entonces —se inclinó cortésmente, sin mostrar desilusión exterior—, quizá en otra ocasión. ¿Quiere mi tarjeta?

Apareció en su mano, como por un movimiento mágico: una tarjeta en relieve, elaboradamente grabada. Se la colocó en el bolso, y después la sala se lo tragó. Instantáneamente un hombre grande, de mirada salvaje, ocupó su lugar ante ella.

—¿No ha oído hablar nunca de mí? —empezó.



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