
—Alexius Ducas —dijo un hombre bajo de estatura y ancho de hombros, con una densa barba negra partida en el centro.
El hombre se inclinó. Un buen ademán. Steiner se evaporó y ella quedó en manos del duque bizantino. La dirigió inmediatamente, atravesando la estancia sobre una espesa alfombra blanca, hacia un lugar donde un grupo de pequeñas luces, como hongos enojados que surgieran de la pared, revelaba los contornos de su cuerpo. Otros invitados se volvieron para mirarla. El duque Alexius la favoreció con una penetrante mirada, pero ella no sintió la menor excitación. Ya hacia mucho tiempo que había pasado lo de Bizancio. Le trajo una pequeña copa de vino verde y frío y dijo:
—¿Ha estado alguna vez en el Mar Egeo? Mi familia posee su ancestral castillo en una isla situada a dieciocho kilómetros al este de…
—Discúlpeme, pero ¿quién es el hombre llamado Nicholson?
—Nicholson sólo es el nombre que utiliza ahora. Afirma haber tenido una tienda en Constantinopla durante el reinado de mi antepasado, el basileo Manuel Comneno —un chasqueo protector de la lengua, para añadir—: Sólo es un tendero —y los ojos bizantinos brillaron con ferocidad—. ¡Qué hermosa es usted!
—¿Quién de ellos es?
—Allí. En el sofá.
Nikki sólo vio un muro de espaldas. Se inclinó un poco hacia la izquierda y miró. No pudo ver nada. Se acercaría más tarde. Alexius Ducas continuó ofreciéndole su cuerpo con los ojos. Ella susurró lánguidamente y pidió:
—Cuénteme cosas de Bizancio.
Llegó hasta Constantino el Grande antes de aburrirla. Ella terminó de beberse el vino, extendió fríamente la copa y convenció a un suave joven que pasaba por allí para que se la volviera a llenar. El bizantino parecía triste.
