
Podía esperar a que transcurriera el invierno dentro de esta torre. La correspondencia le llegaba por tubo neumático. El restaurante de la azotea la alimentaba. Tenía amigos en una docena de pisos. El edificio era un mundo en sí mismo, cálido, cómodo y abrigado. Que nevara. Que soplaran los cortantes ventarrones.
Nikki comprobó su aspecto, observándose en el espejo tridimensional: muy atractiva; muy, muy atractiva. Dulces pliegues de película amarilla. Al descubierto, un poco de los muslos, otro poco de los pechos. Se vería algo más que un poco cuando tuviera una fuente de luz tras de ella. Notó una sensación de bienestar. Se arregló el pelo corto, de color negro brillante. Se perfumó un poco. Todo el mundo la quería. La belleza es como un imán: repele a algunos, atrae a muchos, pero no deja a nadie inmóvil. Eran las nueve de la noche.
—Arriba —le dijo al ascensor—. Habitaciones de Steiner.
—Piso ochenta y ocho —comunicó el ascensor.
—Ya lo sé. Eres muy dulce.
Música en el pasillo: Mozart, cristalino y sinuoso. La puerta del apartamento de Steiner aparecía semiabombada con acero cromado, como la entrada a la bóveda de un banco. Nikki sonrió en dirección al detector-explorador. La puerta se abrió. Steiner formó una especie de cáliz con sus manos, a pocos centímetros del pecho, a modo de saludo.
—Maravillosa —murmuró.
—Me siento muy contenta de que me invitara.
—Prácticamente ya está todo el mundo. Es una fiesta maravillosa, amor.
Ella le besó la velluda mejilla. Se había encontrado con él en octubre, en el ascensor; tenía más de sesenta años y aparentaba menos de cuarenta. Cuando le tocó, su cuerpo le pareció como un objeto enmarcado en hielo lechoso, como un mamut recién sacado de los hielos permanentes de Siberia. Fueron amantes durante dos semanas. El otoño dio paso al invierno y Nikki pasó de largo por su vida, pero él había mantenido su palabra en cuanto a las fiestas: allí estaba ella, invitada.
